Hace un tiempo comenzamos a notar algo extraño. Primero fueron los textos en publicaciones de LinkedIn, Instagram, email marketing, todas redacciones iguales. Todos empezamos a “potenciar”, “transformar”, “conectar” y ofrecer “soluciones innovadoras”, porque a nuestro cliente le hacía falta “claridad”, ya fuera que tu servicio fuera de comunicación, recursos humanos, logística, retail o contabilidad.
Luego vino la avalancha de folletos para promover charlas, servicios, cursos, talleres, misma estructura, mismos colores, una réplica tras otra. Cuando descubrimos que la IA podía hacer imágenes “bonitas”, caímos en encomendarles nuestras presentaciones. ¿El resultado? mismas estructuras, títulos enormes, poco texto, mucho aire. Luego el diseño: fondos negros, degradados, tipografías gigantes, verdes y naranjos luminosos. Y, últimamente nos estamos encontrando con el mismo resultado en el desarrollo de sitios web. Comienzan a verse sospechosamente parecidos.
Y permítannos hacer una aclaración, no es que estén mal hechos. Al contrario, todo se ve bastante bien. El problema es que cada vez cuesta más saber quién es quién. ¿dónde quedó la famosa diferenciación?
Medio en broma, medio en serio, en nodo360 empezamos a llamarlo la dictadura de la IA.
Resulta ser un dictador que nos hace la vida más fácil, suena exagerado, pero si pensamos una dictadura desde uno de sus efectos —anular progresivamente al individuo y reducir las diferencias— la comparación empieza a resultar incómoda.
En 1984, George Orwell imaginó la neolengua: un lenguaje cada vez más reducido que buscaba limitar no solo aquello que las personas podían decir, sino también aquello que podían llegar a pensar.
Evidentemente usar inteligencia artificial no es vivir bajo el Gran Hermano. Hay, además, una diferencia fundamental: a nosotros nadie nos está obligando. Estamos entrando voluntariamente, y quizás allí está el real peligro: entramos voluntariamente, pero sin criterio.
La IA escribe, lee y resume por nosotros, propone, diseña y nos ayuda a resolver en segundos cosas que antes tomaban horas. Nosotras mismas la usamos y nos parece una herramienta extraordinaria. El problema comienza cuando dejamos de utilizarla para ampliar nuestro pensamiento y empezamos a pedirle que piense por nosotros.
Y es que una cosa es pedirle ayuda para expresar quiénes somos, lo que ofrecemos, a quién se lo ofrecemos y otra muy distinta es pedirle que nos diga quiénes deberíamos ser, qué ofrecer y a quién.
Nunca fue tan fácil crear algo nuevo. Pero ¿es realmente nuevo si están apareciendo cientos de copias por minuto?
Pídele a una IA una presentación “moderna”, un sitio “innovador”, una identidad “tecnológica” o un texto “profesional pero cercano”. Probablemente obtendrás algo bastante bueno, pero déjanos decirte: tu competencia también.
La IA trabaja reconociendo patrones y nosotros la alimentamos con instrucciones similares. El resultado es una paradoja fascinante: nunca habíamos tenido tantas herramientas para diferenciarnos y nunca había sido tan fácil terminar pareciéndonos.
Por eso vale la pena hacer un ejercicio sencillo: Si quitamos el logo de tu presentación, ¿podemos reconocer que es tuya? Si reemplazamos el nombre de tu empresa por el de un competidor en tu propósito, ¿sigue funcionando? Si ponemos los textos de tu sitio en otra empresa de la industria, ¿alguien notaría la diferencia?
Si la respuesta es no, probablemente no tenemos un problema de IA. Tenemos un problema de identidad.
La herramienta ya no es la diferencia
Cuando todos tenemos acceso a las mismas herramientas, saber utilizarlas deja de ser suficiente. El verdadero valor empieza a estar en otro lugar: en el criterio para decidir qué sirve, qué descartamos, qué tendencia nos representa y cuándo una solución puede estar perfectamente ejecutada y, aun así, no tener nada que ver con nosotros.
La IA puede ayudarnos a investigar, explorar, crear y ejecutar mejor. Lo que no debería hacer por nosotros es decidir quiénes somos, nuestra identidad (como personas y empresas) es lo único que nos queda. Necesitamos recordar lo que decía Moria Casan en los 60´s “tengo crisis de identidad por ser tan yo” y evitar nuestras propias crisis de identidad por ser tan homogéneos, mientas rechazamos el miedo a ser distinto y salir a conquistar el mundo.
Por favor, no vayan a pensar que creemos que hay que resistirse a la inteligencia artificial, todo lo contrario. Hay que aprender a usarla sin entregarle nuestra individualidad a cambio de velocidad.
Quizás la verdadera dictadura de la IA no llegue cuando una máquina nos obligue a pensar todos igual. Quizás ocurra cuando todos terminemos hablando, escribiendo y viéndonos igual, convencidos de que la máquina simplemente nos estaba ayudando a hacerlo mejor.